Según el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, y en nuestro país nadie quiere cambiar… eso significa que somos nada.
Sólo el 7 % de la población comprendida entre los 17 y 25 años tiene acceso a la educación superior. En este tercer milenio el Paraguay gasta en educación superior menos del 1 % de todo su PIB, y hoy estamos a días de uno de los recortes presupuestarios más grandes que se le hicieron a la UNA en estos últimos treinta años, y qué estamos haciendo para cambiar o por lo menos detenerlo?, qué están haciendo nuestras autoridades, nuestras instituciones pertinentes, el consejo, los centros de estudiantes, o por lo menos los que se hicieron responsables de dirigir y tratar de solucionar un poco de todo esto? Zoquete! Zoquete! Zoquete!
“El fin de la utopía ha provocado la sacralización de la urgencia, erigida en categoría central de la política. Así nuestras sociedades pretenden que la urgencia de los problemas les impide reflexionar sobre un proyecto, mientras que en realidad es la ausencia total de perspectiva lo que los hace esclavos de la urgencia” Carlos Tudesco.
Es obvio que la producción bibliográfica del país es mínima, pero saber que de todos los libros que se producen por año en el Paraguay sólo el 3 % de ellos salen de la UNA, la casa de estudios superiores más antigua del país y la supuesta encargada del nuevo pensamiento, es espejo de una sociedad atrasada, por no decir otra cosa. El Paraguay es una sociedad que desconoce el conocimiento. El bajo financiamiento, la muy limitada cobertura, una infraestructura mínima, docentes mal pagados y muy pocos en condiciones de medio tiempo, investigación escasa y aislada, conforman un panorama de una educación superior que jamás ha estado en la agenda prioritaria de los grupos de poder del Paraguay, matando así la tan mencionada Comunidad Académica: de profesores investigadores, de alumnos en proceso sistemático de producción y transmisión de conocimiento.
Y las “universidades” privadas, excluyentes por principio, no solucionan para nada el problema, pues de todas las creadas en la década pasada solo tres de ellas tienen una biblioteca de por lo menos 5000 libros y llegan a este número sumando folletos y revistas. Y los profesores son los mismos, y entonces el pensamiento es el mismo, formando así licenciados y doctores analfabetos con título habilitante.
Debemos tener en cuenta que el atraso y la mediocridad no nacieron por generación espontánea, durante la mitad del siglo pasado el sistema político se encargó de premiar la mediocridad, la obsecuencia, el miedo , el terror al pensamiento libre y se encargó de encarcelar, torturar y matar toda rebelión que apuntara a la imaginación crítica. Y ese contexto político debe ubicarse en uno más amplio, el de la ignorancia de nuestras burguesías y oligarquías que no alentaron ni si quiera un mínimo afán de ilustre intelecto.
Debemos pensar nuestras universidades, empresa indispensable para superar este presente de prisiones de círculos viciosos que nos atan a lo peor de nuestro pasado y a un futuro también ominoso. Es imprescindible la creación de un espacio para el debate de la universidad de pasado mañana.
Datos estadísticos: Carlos Martini, Domingo Rivarola
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