
“No hay más remedio que modernizar a los indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para salvarlos del hambre y la miseria”. Mario Vargas Llosa.
Todavía me cuesta bastante tragar la cruda frase de este novelista peruano, que es, más por ideología que por su indiscutible estilo y calidad de prosa, un maldito. Pero quiérase o no, dijo una premisa que todos, concientes e in, la vamos desplegando todas las veces que queremos “ayudar” a los pobres hermanos indígenas.
Los estamos civilizando… los estamos incluyendo en nuestro mundo “civilizado”… y a la vez los estamos incrustando en lo más bajo de nuestra ya tan dividida escala social, serán los nuevos miserables pues!. Ah!, pero ahora supuestamente somos interculturales, y respetamos sus cultos y valores en el proceso. Mentira. En lo que va del año vengo trabajando con un equipo de antropólogos de distintos países con quienes se intenta insertar en las comunidades, sin ser tan cruentos culturalmente, proyectos de desarrollo “autónomo”, creando así, y aunque se diga que no, un cambio cultural dirigido y planificado. Médicamente hablando, sería algo así como una cirugía estética y reconstructiva programada a la cultura nativa, obviamente ceñidos a nuestros propios patrones de belleza, claro. Es toda una antropología del tipo intervencionista y paternalista con la que no estoy de acuerdo. Pero entonces, qué nos queda por hacer?
Si uno se fija bien, la gran mayoría de los proyectos de “ayuda”, sean de salud, de productividad, de accesibilidad y comunicación, o de lo que sea, por más bonitos que sean, son proyectos de sedentarización y de "educación" a unas poblaciones para que vivan con menos territorio cada vez. Pero los Pumé, como otras tantas etnias, son cazadores y recolectores, por lo tanto necesitan de las grandes extensiones sabaneras, necesitan de ríos, arroyos, lagunas, todo eso que ahora se ha transformado en propiedad privada. Todavía ellos no comprenden cómo el aire puede ser de todos y la tierra tener un dueño. Su perspectiva no les permite ver nuestro límite de lo propio, si para ellos uno termina donde su piel.
Y todavía nosotros tenemos como clarísimo que las culturas sedentarias o que tienen pequeños saberes de horticultura, son las más antiguas o avanzadas, más civilizadas pues, y no vemos, como diría Levi-Strauss, que esa práctica es el resultado de un “proceso de decadencia” por verse obligados a vivir en un medio ecológico diferente. Los estamos imponiendo una decadencia?.
Niego que la ayuda del antropólogo sea prescindible, obviamente es el bisturí para la intervención cultural, pero qué es la que estamos haciendo, cuál es el impacto que buscamos, mejorar su estilo de vida? y qué es eso?. En Paraguay, Enrique, un enfermero ayoreo, sin que aquella vez yo entendiera el fondo de su comentario, me decía: “hace 100 años éramos casi tres mil ayoreode, ahora somos tres miiil, tres mil doscientos por ahí”. Por ese bajo crecimiento demográfico uno supondría claramente que poseen un promedio de vida bajísimo, una alta mortalidad materno infantil, crónicas enfermedades endémicas, y todos los índices de desarrollo que queramos por debajo de nuestra “normalidad” positivista. Pero nunca nos fijaríamos que ese equilibrio demográfico podría ser consecuencia de una cultura en armonía ecológica, una cultura de la no alteración del mundo, un vivir sin ser una plaga para el ecosistema. Nunca aceptaríamos eso.
Y entonces? Qué hacemos? Los corregimos, los alineamos, los civilizamos, qué hacemos? Los dejamos en paz? Es que tenemos una civilización tan dominante, tan demoledora, que hasta sin masticar, y en un solo intento, los deglutiríamos.
“Ustedes son la plaga de este mundo”, decía a Neo la Matriz.
1 comment:
"y siguen abiertas las venas de América Latina".... Excelente Seque!!
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