
País con aroma a limón y guayaba. Orillas, costas y mareas te rodean, humedecen y nutren las raíces de tus ciudades y tus pueblos. La Habana, la bella Habana… de lo poco que conozco del mundo y sus femeninas ciudades, ésta, me ha enamorado, desde el primer día, o mejor dicho, desde nuestra primera noche. Cómo borrar de la memoria un atardecer en el Malecón, esa penumbra de la tarde Habanera, esa noche entre las callejuelas y esquinas de la Habana Vieja, más iluminadas por los surcos de luz que dejaron los pasos de Martí, de Guillén, Hemingway o el Che, mucho mas resplandecientes que el pobre alumbrado público. Bella, aun así, a pesar de estar con el rostro enfermizo, atada de manos, amarrada, bloqueada… pero este es tu precio por ser distinta, por ser revolucionaria, por ser independiente.
Hoy, ya nadie niega que gran parte de tus riquezas no caen del cielo ni brotan de tus tierras. Nadie niega a esa incipiente clase alta habanera, creada e incrementada por tener entre sus miembros a uno que otro gusano que saló el charco, y que gira los verdes con palomas o cigüeñas. Pues son solo noventa millas, son casi 145 kilómetros…todo o nada para darse con el salvador y verdugo.
La Habana, y por su puesto toda Cuba, hoy da la impresión de ser una pecera para el resto del mundo, una pecera en el Caribe. Una de esas cajitas de vidrio llenas de agua, peces exóticos perdiéndose entre ficticios castillitos y escafandras incrustados en fingida arena. Es también, más por los golpes desde fuera que por vieja, una pecera con las paredes de vidrio rajadas, a punto de quebrar, a punto de diluirse y perderse entre las aguas del mar en el cual está sumergida.
Debemos recordar que Cuba es un país que, diciéndolo crudamente, zanjó este difícil camino para dejar de ser un prostíbulo norteamericano, pero pasó, así como el tiempo, ahora a ser el burdel con más estrellas para el turismo europeo.
Aquí no quiero discutir los grandes avances de la revolución en todos los sentidos, tampoco las metidas de patas del crónico régimen. Pero hay que dejar claro que Cuba es una isla, y está bloqueada, y que estás dos características fueron-son-serán sus debilidad, como también su fuerza, su fibra y la médula espinal de su esencia revolucionaria, porque a la primera conclusión que uno llega, hablando, mirando, viviendo y disfrutando Cuba, es que terminado el bloqueo lo más probable es que se desmorona también el mismo sistema.
Una vez le preguntaron a Fidel si qué pensaba sobre la inminente muerte del socialismo, ya que como un simple ejemplo debería de darse cuenta de la gente que arriesga su vida y a veces la de toda su familia tratando de llegar a la otra orilla, intentando así escapar de la isla. El barbudo contestó diciendo: “Ah! entonces el capitalismo también está muerto, o qué me dices tú de los mexicanos que también arriesgan sus vidas tratando de atravesar el Río Bravo? Con mucho menos esperanzas de trabajo y con la posibilidad de ser un verdadero “blanco perfecto” para los francotiradores de frontera. Y a los cubanos? a los cubanos los reciben con los brazos abiertos, y tienen un sueldo auxiliar apenas tocan la Florida…”
Cuba, un pequeño y estrecho país, una isla, que todavía la historia no la absolvió, dejó de ser todo eso para ser un ideal, para ser una referencia en el imaginario colectivo mundial, pasó a ser de todos, y alguna vez… llegó hasta ser utopía.
